La violencia de género sigue siendo uno de los obstáculos más persistentes para alcanzar la igualdad real en el acceso a derechos y oportunidades. Aunque suele asociarse a ámbitos privados o domésticos, su presencia atraviesa también espacios públicos y de alta visibilidad social, como el deporte. En los últimos años, organismos internacionales comenzaron a poner el foco en esta problemática, entendiendo que las canchas, los clubes y las instituciones deportivas no están exentas de relaciones de poder desiguales, abusos y prácticas naturalizadas de violencia. En ese marco, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) presentó un estudio realizado en México para analizar la violencia contra las mujeres en el entorno del fútbol y desarrollar alternativas que promuevan la igualdad de género con enfoque deportivo. El objetivo central es fortalecer las capacidades institucionales para prevenir, atender y erradicar la violencia de género, garantizando el acceso a espacios deportivos seguros y una participación verdaderamente igualitaria. Pero mientras otros países avanzan en diagnósticos y políticas concretas, ¿qué lugar ocupa hoy la Argentina en esta agenda y cuánto falta para que el deporte sea realmente un espacio libre de violencia?
El fútbol como espejo de una problemática global
Basado en una encuesta aplicada a 60 personas del ecosistema del fútbol mexicano, el informe del PNUD revela datos alarmantes: el 78% de las mujeres encuestadas afirmó haber experimentado algún tipo de violencia de género vinculada al deporte. La investigación identifica distintos tipos de violencia —verbal, psicológica, simbólica y sexual—, los espacios donde ocurren con mayor frecuencia y los roles desde los cuales se ejercen, además de las barreras que impiden la denuncia.
El estudio no se limita al diagnóstico. A partir de los hallazgos, el PNUD formula recomendaciones dirigidas a autoridades deportivas, organismos gubernamentales, medios de comunicación y sociedad civil, con el objetivo de construir entornos deportivos libres de violencia. El fútbol, por su alcance masivo y su peso cultural, aparece como un territorio clave: puede reproducir desigualdades, pero también tiene el potencial de inspirar transformaciones profundas.
Para el PNUD, el deporte es una herramienta de desarrollo humano. Promueve valores, genera pertenencia y puede ser un espacio de inclusión para poblaciones históricamente marginadas. Sin embargo, cuando no existen reglas claras, protocolos ni igualdad en la toma de decisiones, esas virtudes se diluyen y el deporte se convierte en un ámbito donde la violencia encuentra terreno fértil.
Violencia de género en el deporte argentino: datos que confirman un patrón
La realidad argentina no es ajena a este diagnóstico. Distintos relevamientos oficiales y estudios de organizaciones especializadas coinciden en señalar que la desigualdad estructural dentro del deporte crea condiciones propicias para la violencia.
Según el Relevamiento Federal por un Deporte Igualitario, solo el 25% de los clubes multideportivos del país garantiza igual acceso a la práctica deportiva para mujeres y varones. En el 75% restante persisten exclusiones, restricciones o una jerarquización inferior del deporte femenino. A esto se suma un dato clave: menos del 20% de los cargos de decisión —presidencias y comisiones directivas— están ocupados por mujeres, y la ausencia de protocolos contra la violencia de género es mayoritaria, especialmente en clubes de base y federaciones pequeñas.
El informe del INADI sobre Discriminación en el Deporte Argentino (2020) refuerza esta mirada. Señala al deporte como uno de los ámbitos donde más se naturalizan prácticas discriminatorias y documenta situaciones sistemáticas de violencia verbal, psicológica y simbólica hacia mujeres y disidencias. Muchas víctimas no denuncian por miedo a quedar fuera del equipo, por dependencia económica o becas, o directamente por la inexistencia de canales institucionales.
Una radiografía aún más profunda surge del informe “Sexo y Poder en el Deporte Argentino” (2022), elaborado por la organización ELA – Equipo Latinoamericano de Justicia y Género. Allí se evidencia que solo el 12% de los cargos máximos de conducción deportiva están ocupados por mujeres. Aunque en los niveles jerárquicos intermedios la participación femenina asciende al 32%, la capacidad real de decisión sigue siendo limitada. Los tribunales de disciplina y órganos sancionatorios, en su mayoría, continúan siendo espacios predominantemente masculinos.
La conclusión es contundente: la violencia en el deporte no es solo una suma de hechos individuales, sino la consecuencia de un problema estructural de poder mal distribuido.
Cuando la violencia llega a la Justicia
En Argentina, además, existen casos judiciales con condena que confirman que la violencia de género en el deporte no es una hipótesis ni una exageración. En Mendoza, entrenadores de hockey y hockey sobre patines fueron condenados por abuso sexual contra jugadoras menores, en contextos de entrenamiento y bajo vínculos claros de autoridad. En Jujuy, un profesor de hockey femenino recibió condena por grooming y abuso sexual, tras iniciar el contacto con las víctimas en el ámbito deportivo y a través de redes sociales.
Los patrones se repiten: víctimas menores, abusos dentro de clubes, silencios institucionales prolongados y denuncias tardías por miedo o desprotección.
Lo que no se mide también es violencia
A diferencia del estudio impulsado por el PNUD en México, en Argentina no existe una encuesta nacional específica sobre violencia de género en el deporte, ni un registro unificado de denuncias, ni la obligación generalizada de contar con protocolos en clubes y federaciones. Esa ausencia de datos no es neutra: es, en sí misma, una forma de violencia institucional.
Una reflexión necesaria
En Argentina, la violencia de género en el deporte existe, está documentada y, en muchos casos, probada judicialmente. Sin embargo, no está sistemáticamente medida, no se previene de manera integral y no se gobierna con perspectiva de derechos. Esto no ocurre por casualidad. Como advierten los informes y los datos, se trata de una decisión política por omisión.
El desafío no es solo visibilizar los casos, sino transformar las estructuras que los permiten. Porque mientras el deporte siga reproduciendo desigualdades de poder, la cancha seguirá siendo un lugar inseguro para muchas. Y porque el verdadero juego limpio empieza mucho antes del pitazo inicial.

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